sábado, 10 de noviembre de 2012

Pintores y libertarios




Cuando un artista se sitúa frente al lienzo vacío y se dispone a transformar el blanco impoluto en imagen, su impronta, su personalidad, su temperamento, no quedan al margen. Tampoco le es posible al artista quitarse de encima su visión ideológica del mundo como haría quien se quita un traje y lo cuelga en el armario hasta más ver. Todo queda plasmado en la obra. Lo que somos, lo que pensamos, lo que sentimos, es visible, de manera más o menos sutil, en aquello que decimos y hacemos. Y si hacemos arte, será este arte un espejo, a veces distorsionado, disimulado, de esos rasgos fundamentales de nuestra forma de ser y estar en el mundo.

La ideología libertaria también ha conocido entre sus defensores a muchos pintores: Gustave Courbet, Camile Pissarro, George Seurat, Paul Signac o Miguel García Vivancos, por citar ejemplos bien conocidos por todos, fueron algunos de ellos. A todos los une un deseo de luchar contra la convención imperante, dejar plasmada la impronta de su yo más radical, de su particular visión de las cosas. Pero no sólo eso. Hay en el arte de los pintores anarquistas una evidente intención crítica sobre la realidad. La pintura del anarquismo siempre irradia un compromiso ético, una provocación transgresora e inconformista que saca a la luz -la luz de la obra, con suerte la de los libros y museos- aquellas miserias que la sociedad acomodada ignora, o se empeña en alejar, en disfrazar, con la ruin intención de dejarla continuar, de no implicarse, de no transformar la injusticia a través del ejercicio de la ética y la política -ejerciendo así, quizás de manera ingenua, una política de complicidad con quien detenta el poder-.


Courbet, The Stone Breakers, 1849.


Tomemos como ejemplo este cuadro de Courbet, Los Picapedreros, en el que vemos a dos hombres, uno joven, el otro de edad avanzada, cribando uno y martilleando el otro, en su jornada de trabajo. La posición de sus cuerpos muestra el esfuerzo al que están sometidos; sus manos desnudas sujetando las herramientas con fuerza; sus ropas remendadas en algunas partes, en otras partes hechas jirones; la luz del atardecer dando cuenta del extendido tiempo en el que se dilata la labor -parece inminente la noche-; los rostros semiescondidos dando a entender que su subjetividad no importa, que no son más que fuerza de trabajo sin una identidad; al fondo una olla en la que habrán quedado las sobras de un alimento que no han degustado a la mesa, sino en el mismo suelo sobre el que continúan la faena.



La pintura de Courbet, declarado anarquista, ha pasado a la historia del arte como muestra del llamado movimiento Realista, haciendo referencia a su intención de plasmar la realidad tan cual es: dura y difícil para las clases obreras. 

Pissarro, Café con leche, 1881.

En esta obra de Pissarro, por otra parte, no parece haber una demanda social. Vemos a una joven rebañando su taza de café frente a la ventana. Pero esta joven del cabello recogido en un moño de manera evidentemente austera, viste un ropaje discreto, pobre y sencillo. Su actitud es ensimismada, su rostro, de perfil, no nos deja distinguir una identidad fuerte u orgullosa, sino más bien todo lo contrario: una persona humilde de gesto preocupado situada en un enclave rural que envuelve cierta melancolía. No luce anillos ni pendientes, ni alhajas de otro tipo. Los colores, con predominio de azules y marrones, son discretos también: toda la atmósfera transmite humildad y soledad. 

Seurat, Un agricultor
Aquí tenemos otro ejemplo. Esta vez es una obra de Seurat. De nuevo el trabajo al final de la tarde, el cuerpo encorvado, la azada sostenida por unas manos desnudas, el duro trabajo del campo, las jornadas de sol a sol. Parece querer decirnos Seurat, como Courbet, como Pissarro, que el picapedrero, el agricultor, la muchacha humilde, están solos, aislados, en medio de un duro mundo al que le son indiferentes.

La elección de estos temas nunca es gratuita. Hay una denuncia tras el arte anarquista. Una llamada desde la ética a contemplar la realidad tal cual es. Una invitación a dejarse tocar por la vida mísera de tantas personas anónimas. Un grito -Munch también participó en círculos libertarios- que reivindica la dignidad de los sin voz a través de sus retratos callados.

¿Callados? A veces, como en estos cuadros, se hace palpable la verdad de que una mirada vale más que mil palabras. Deberíamos preguntarnos cómo respondemos nosotros a estas imágenes. Cuestionarnos si sabemos mirar. Si sabemos escuchar. Y si estamos dispuestos a hacer algo al respecto.



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